𝗝𝗘𝗦𝗨𝗖𝗥𝗜𝗦𝗧𝗢, 𝗲𝗹 𝗮𝗻𝗰𝗹𝗮 𝗱𝗲 𝗺𝗶 𝗳𝗲.
El símbolo que los cristianos a menudo asocian a la esperanza es el áncora (ancla). Hebreos 6:19 se refiere a la esperanza como “el áncora del alma, segura y firme.” Lo interesante de las áncoras es que, con lo grandes y pesadas que son, hacen su verdadero trabajo bajo la superficie y no se ven hasta que son levantadas del agua para que el barco pueda avanzar. Las áncoras aseguran en su lugar cualquier cosa desde una barquilla a un crucero, asegurándose de que el navío no se deje llevar por corrientes fuertes y vientos amargos.
¿Cuál es la pregunta para nosotros? ¿Qué es lo que ancla nuestras vidas privadas y la vida de nuestras comunidades de fe? La Biblia revela que Dios es a la vez la fuente de nuestra esperanza y su fin último. La Biblia no dice que la esperanza sea fácil. Se construye en la confianza en Dios, un Dios que, como nos dice la Biblia, es constante en su cuidado de nosotros.
El cuidado de Dios puede venir en forma de liberación (Éx 15), o de la unción de un rey (2 Sam 2,1-7; 5:1-5), o la oportunidad de arrepentirse de un pecado y regresar a la alianza. (Joel 2,12-18). Se puede demostrar en las historias más personales de sanación (Lucas 5,12-26), perdón (Juan 8,1-11), seguridad (Mt 6,25-34), e incluso corrección (Marcos 10,35-45).
Confiamos en Dios no porque seamos optimistas, sino porque Dios es fiel. Orar con las enseñanzas e historias de la Biblia nos ayuda a reconocer la fidelidad y el cuidado permanente de Dios en nuestras propias vidas y en las vidas de aquellos a quienes amamos. Éstas son las piedras de construcción esenciales de la virtud cristiana de la esperanza.
El reflexionar sobre el cuidado de Dios es un modo de meditar sobre la amplia promesa de Dios de estar con nosotros. La promesa última de la presencia constante de Dios vino en forma de un niño nacido en Belén, cuyo mismo nombre, Enmanuel, significa Dios con nosotros. No se nos promete salud, o estar libres de persecución, o una vida fácil. Se nos promete que Dios está con nosotros.
En la vida y en la muerte de Jesús vemos que Dios camina con nosotros, sufre con nosotros, se alegra con nosotros y, al fin comparte la plenitud de vida con nosotros. Éste es el sólido fundamento de nuestra esperanza. Nos orienta hacia el futuro arraigándonos en la bondad de Dios en el pasado y en el presente, una bondad que a veces no vemos incluso cuando nos está anclando.
Jesús dice simplemente, “No teman,” usando palabras que se repiten tantas veces en la Biblia, que podríamos leer un pasaje distinto con esta frase cada día del año. Estas dos sencillas palabras nos recuerdan aún que es la esperanza, no el temor, lo que nos ancla en Cristo.
En estos días en que nuestra iglesia está sufriendo los efectos de su propia condición pecadora, todavía tenemos razones para la esperanza. La razón no es un “qué”, sino un “quién.” Nos unimos a Timoteo, que dice, “Sé de quién me he fiado” (2 Tim 1,12).
La fe en Jesucristo es la base esencial para el andamiaje de la vida que como un barco navega a puerto seguro con fortaleza y firmeza. Es por eso que podemos hablar de la vida en Cristo y caminar seguro, guiado por Su Palabra Viva, que llega a nuestro espíritu por medio del Espíritu Santo dejando ardiente nuestros corazones y así vivir la vida con fe y esperanza llegando a puerto seguro.
¡CRISTO ES MI ANCLA!

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